VALOR Y MUERTE

 

Nombre: Valor y muerte

Escrito por: Miguel G. Macho

Fecha: Septiembre de 2008

Género: Ficción

Idea principal: Amalgama de ideas fusionadas en una junto a una crítica clara contra una tradición brutal que desprecio de sobremanera.

 

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La oscuridad era absoluta en su zulo, el olor nauseabundo flotaba denso y pesado, como si no quisiera asentarse nunca para dar un ligero descanso a sus pulmones. Las pezuñas le ardían como brasas, su estómago se revolvía de un lado a otro y una extraña sensación de estar enfermo invadía su cuerpo, <¿Qué mierda me han dado esos humanos de comer? Quiero salir de aquí ahora mismo, quiero volver a mi prado con los míos> pensó irritándose cada vez más. No entendía muy bien porqué estaba allí, ni el sentido de su viaje en aquel camión, ni tan siquiera esos vítores humanos que se oían en la lejanía; no comprendía nada pero estaba seguro que algo nuevo se avecinaba. Aun así, no permitió que el miedo se apoderara de él, no era digno de su especie sentir miedo ya que eso es cosa de humanos, él permanecería estoico hasta descubrir lo que ocurría realmente.

De pronto, justo enfrente apareció una luz cegadora, indicándole el camino que debía seguir. Se dejó llevar y corrió buscando la libertad, pensando que quizás, después de todo, podría ser libre y volver con los suyos a su amada dehesa, <Puede que estos humanos no sean tan malos como pensaba>, se dijo por unos instantes. Duró poco la esperanza ya que cuando recobró la visión se vio envuelto por centenares de humanos jaleando como borregos desde la altitud. Corrió, bufó para intimidarles y corrió aún más, hasta recorrer cada metro de arena, pero no encontró salida alguna. Se trataba de un extraño recinto circular semejante al que utilizaron para jugar con él en la dehesa, antes de meterle en aquel camión pestilente, donde un escuálido bastante estúpido con un trapo rojo le acariciaba los cuernos con cada pasada que daba cerca de él.

Frenó, al ver que no había salida, y uno de esos estúpidos con capa apareció por un huequecillo en las paredes del ruedo. <Vaya, quiere que juguemos a acariciarme los cuernos otra vez>, se dijo dudando un poco de tal afirmación.

Sin miedo se lanzó contra la roja capa del humano, como al parecer él quería, para ver si así terminaba todo esto y le dejaban marcharse. Con cada pasada, toda esa masa de borregos subía el tono de sus voces ladrando algo incomprensible para Hazañas, que así se llamaba este legendario toro. Se levantaban, jaleaban, ladraban y parecían muy felices; eran realmente envidiables en su edén dionisiaco. Hazañas se sintió bien por un momento, <Estos humanos no son tan malos, pensó, de hecho incluso parece que me adoran>.

El estúpido de la capa se retiró tras unos minutos haciendo el ganso y dio paso a un caballo muy peludo con un humano montado encima de él, lo que para Hazañas resultó ser una imagen graciosa a la par que extraña. Intrigado por lo que veía, se acercó al caballo lentamente pero con paso firme, para ver si lo ahuyentaba de su ruedo, ya que deseaba que le siguieran vitoreando a él y volviera el subnormal de la capa de antes. El caso es que el caballo no se retiró y Hazañas decidió embestir contra él, por haberle desafiado. Al hacerlo, la primera punzada de dolor le recorrió el espinazo, ese asqueroso humano estaba utilizando un palo afilado para clavárselo en la espalda, desde la seguridad del extraño caballo. Hazañas sintió una llama repleta de ira surgiendo en su interior al oír los vítores de los borregos. <No me quieren a mí, están aquí para verme sufrir y ese es el propósito de que me hayan traído hasta este lugar, ¡Estos malditos y asquerosos humanos, no les será fácil, antes los destrozaré a todos, los aniquilaré uno a uno, me las van a pagar con creces!>. El odio lo poseyó, demostrándolo al sacar todas sus fuerzas para levantar el caballo del suelo, intentando volcarlo, para poder alcanzar al cobarde humano y ajustar cuentas con él. Cuando derribó al jaco, los borregos ya no jaleaban con la alegría de antes, no, sino que mostraban un claro temor en cada uno de sus rostros. <Eso me gusta mucho más que los vítores>, se dijo furioso para si Hazañas.

El cobarde humano consiguió escapar corriendo hacia un minúsculo agujero que tenia el ruedo. Hazañas lo aprendió bien, ya que sería el último humano que dejaría con vida en este pútrido lugar. Tenía claro que ya no era su ruedo, donde él era la estrella, sino su futura tumba y que esa masa de cobardes no le dejaría salir con vida de aquí. <Todo el que entre sufrirá el mismo destino que todos esos borregos desean para mi>, se prometió, y lo demostraría bien pronto.

Ahora, al parecer, era el turno de otro estúpido diferente, pero esta vez portaba dos palos pequeños en vez de una capa o un largo palo montado a caballo. En cuanto lo vio, Hazañas se lanzó ferozmente contra él, pero el humano no retrocedió como el toro esperaba. Cuando se encontraba a unos escasos metros del humano, este levanto los palos y los hincó con destreza en la espalda de Hazañas. El dolor fue tremendo, tanto que durante unos segundos perdió el norte y el humano los aprovechó para correr hacia uno de esos malditos agujeros, semejantes a las madrigueras de los ratones que correteaban por la dehesa. La ira creció aún más en su interior, ya nada le detendría y estos humanos se las iban a pagar, quería matarlos absolutamente a todos.

Justo cuando el odio le hizo dejar de sentir el dolor de su espalda, otro cabrón con palos apareció. Sabía a lo que venía y esta vez no se iba a escapar. Se acercó al humano como antes, lanzándose precipitadamente, pero solo en apariencia. Cuando estaba a escasos metros del humano, Hazañas giró a la derecha para que no pudiera clavarle los arpones, envistiéndole seguidamente en el costado. La sangre del humano chorreaba por sus cuernos, impregnándole el rostro con cada borbotón. La manada de borregos gritó, ya no jaleaban, chillaban de pánico escupiendo puro miedo al ver lo que Hazañas acababa de hacer. El banderillero murió en el acto y Hazañas se sintió contento, tremendamente feliz de haber acabado con uno de esos comemierdas que le querían castigar sin motivo alguno.

El cuerpo quedó tendido en el suelo, inerte, como un tronco recién cortado. Hazañas lo corneo varias veces más, cerciorándose de su muerte. Se quedó quieto observando al graderío, mirándoles de modo desafiante ya que no les tenía ningún miedo, simplemente esperaba a su siguiente adversario. Tras unos segundos, salieron varios payasos con capas de diferentes madrigueras, haciéndole dudar entre cual elegir. Mientras se debatía en confirmar su próxima victima, otros dos humanos habían retirado el cadáver del banderillero a sus espaldas. El despiste le enojo, era su cadáver, su trofeo, no deberían habérselo robado.

Después del robo otro retrasado con palitos salió al ruedo, pero esta vez tenía las manos temblorosas y no estaba tan seguro de si mismo como el anterior. Hazañas repitió la jugada y el banderillero no se atrevió siquiera a intentar clavarle nada, simplemente huyó despavorido en cuanto vio el ágil quiebro del toro. El problema es que Hazañas no se frenó y le persiguió con ahínco, corneándole en la espalda como un obús y zarandeándolo por los aires cual juguete. La sangre se esparció por todos lados, salpicando los alrededores de auténtico rojo triunfo. <Otro más>, pensó Hazañas fuera de si, aderezando el pensamiento con una estrepitosa carcajada que los humanos no entendieron.

El pánico estaba reflejado en sus rostros, ya no canturreaban felices sino que permanecían en un silencio absoluto que hinchó el orgullo de Hazañas de sobremanera. Estaba venciéndoles, él solo contra todos aquellos injustos seres, lo estaba consiguiendo.

El capullo con capa del principio salio de nuevo, portando un palo brillante en su mano algo diferente a los que llevaban sus anteriores trofeos. No se asustó y decidió acabar con él, aunque fuera el único que por ahora no había querido herirle. En cuanto la capa acarició sus cuernos, recordó su hogar, el trigal y aquel olivo donde descansaba a la sombra; recordó a sus compañeros, a su manada y a su familia íntima; recordó lo mucho que le gustaría seguir allí, junto a ellos, en vez de estar rodeado de todos estos sucios bárbaros, que no saben ni lo que significa sangrar. Su odio se templó por unos instantes, pero en cuanto volvió a la realidad, y recordó las heridas abiertas de su espalda, su ira se avivó de nuevo. La siguiente cornada fue lo último que vio aquel infeliz, ya que le atravesó directamente el corazón rasgándole después de manera visceral la caja torácica. Cayó como un plomo ahí mismo, abrazado por los chillidos de histeria que hacían eco en la plaza por todos lados. Nadie podía creérselo, tres muertos en un solo toro, era inaudito y una catástrofe histórica sin precedentes.

En cuanto salieron los payasos de antes, los que le engañaron, Hazañas supo que hacer. Esperó a que se acercaran y cuando estuvieron suficientemente cerca, aceleró de golpe y corneo a los que pudo. Dio caza a dos de ellos, clavándoles los cuernos por todos lados hasta cerciorarse de su muerte. La matanza de Hazañas ya era una realidad, un mito legendario en la historia del toreo, una mancha sombría en el más grande arte español de la tortura animal.

Nadie podía acabar con aquel animal, así que el mismísimo Rey de España dio orden de disparar contra el toro para finalizar este lamentable espectáculo, eso si, desde la seguridad de su graderío. El primer disparo impactó dolorosamente en el costado de Hazañas, atravesándole algún órgano interno que por ahora le era prescindible. No se lo pensó dos veces y tomo carrerilla, dirigiéndose directamente contra la valla que le separaba de aquellos borregos que tanto despreciaba, mientras le llovían disparos a su alrededor formando cráteres en la tierra y haciendo saltar arena por los aires. Al sentirse suficientemente cerca, saltó con todas las fuerzas que le quedaban y consiguió verse frente a frente con toda esa gente que hasta hace un momento le habían deseado la muerte, pero que ahora le suplicaban clemencia con los ojos. Era su oportunidad de devolvérsela, y con creces.

Corneo a quien pudo, creando una auténtica charcutería improvisada y haciendo volar cuerpos inertes por doquier, cayendo estrepitosamente al ruedo o chocando de manera salvaje contra las gradas tintadas de sangre, de sangre humana. Nada podía frenarle, tenía su mente llena de furia y la sed de venganza superaba el dolor producido por los múltiples disparos que ya se alojaban en su carne. La histeria colectiva le rodeaba, hasta que al cornear a un tipo de azul con pistola -bastante llamativo para Hazañas-, se empotró violentamente contra una de las columnas más importantes del ruedo, la que sostenía el palco real desde donde divisaba el Rey todo el espectáculo. Tras el tremendo impacto todo se desplomó, quedando el Rey y su hijo a expensas de la rabia de Hazañas. Estaba a punto de morir pero aún persistían en él las ansias de venganza y la suma nobleza lo percibió al instante, meándose literalmente encima. En ese momento la histeria se convirtió en terror por toda la plaza y en júbilo a lo ancho y largo de todo el país.

Quizás fue por casualidad o puede que aquel animal fuera más inteligente de lo que se cree, pero desde aquel día ígneo que comenzó con este suceso, el sacrificio y la merecida venganza de aquel toro (el tremendo sentimiento antimonárquico y la creciente emancipación del pueblo de la época), vivimos en la tercera República de España y la primera declarada abiertamente socialista.

Hoy día las corridas de toros son cosas del pasado, para alivio de todos. La matanza de Hazañas no se olvidará jamás, ya que un animal demostró al mundo entero lo que era la venganza y la justa justicia, encendiendo el odio de los oprimidos contra sus tiranos, sin miedo alguno a la muerte gracias a su ejemplo.

Gracias Hazañas, nadie te enterrará de nuevo, vivirás por siempre en nuestros corazones.

 

Estatua de Hazañas en la vieja plaza de las Ventas de Madrid, ahora llamada
la plaza roja en honor a la sangre derramada aquel día y al tinte clásico que
históricamente se le atribuye a la ideología del nuevo estado.

 

 

 

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